domingo, 2 de junio de 2013

MAJAELRRAYO, EL OCEJÓN, EL RÍO VEREDA, EL EMBALSE DEL VADO, MI PADRE Y YO

UN    DÍA    DE   PESCA

Con las últimas estrellas,
antes que el sol se levante,
dejo el coche en un desvío,
donde no estorbe a nadie,
cojo  macuto caña y chistera
y salgo senda adelante.

Andando por la vereda
mis pensamientos y yo,
hablando con los jarales
y oliendo la flor del boj.

Allá al frente, Majaelrrayo,
con su imponente pico,
nevado de octubre a mayo
y mirando al infinito;
a la derecha el pantano
de color verde azulado,
maravilla artificial
es el embalse del Vado,
prisionero entre montañas
y entre riscos camuflado.



A la izquierda, una montaña
que se mira en el pantano
da al paisaje tal belleza
que no me atrevo a explicarlo.
El aire que se respira
deleita con sus olores:
tanto romero, tomillo y boj
y tantas jaras con flores.

En esta mañana de mayo
se oye un himno celestial:
todos los pájaros cantan,
ninguno tiene rival;
en lo alto las alondras,
en el río el ruiseñor,
en la zarza canta el mirlo
¡Dios mío, cuánto candor!

Extasiado por completo
por cuanto me rodea
me encuentro en mi sendero
con el arroyo Vereda
que, como río truchero,
ruge, salta y se recrea.

 Me siento junto al arroyo,
que susurra igual que el viento;
entre riscos y montañas
me encuentro yo en mi elemento.
Al lado de una poza
con cascajar atascada
saco del macuto mis bártulos
y me dispongo a pescar:
con cucharilla dorada,
por ser de buen resultado
a esta hora de la mañana,
ya que el sol no entra en el río,
pues le asombra la montaña.
Lanzo junto a la cascada,
voy recogiendo lentamente y… nada.
Lanzo hacia el otro lado,
cambiando siempre de sitio
y siempre el mismo resultado.

No pican: a esta hora tan temprana
las truchas están en el fondo
hasta que el sol suba la montaña
y entren en sazón las aguas.

Hay que esperar,
no queda otra alternativa:
tomaré un bocadillo
y seguiré pescando
lanzando aguas arriba.

Echo un trago de la bota
¡y qué ilusión:
el sol asoma en la picota,
las aguas entran en sazón!

Recojo todo enseguida
y voy a probar fortuna
un poco más río arriba,
a ver si entro en calor,
que la mañana está fría.
Lanzo con mucho optimismo
hacia uno y otro lado
y también al centro mismo…
¡Aquí pica la primera!
da un salto encima del agua,
un tirón suave y… fuera:
bonita, un poco más de la marca,
del color del arco Iris
y sus pintas coloradas;
Se presenta bien la mañana,
la coloco en la chistera
con unas hierbas de cama.

La mañana se va calentando,
se oyen cantar las perdices
y tórtolas y torcazas arrullando.

Sigo arroyo arriba lanzando
en tablas, chorros, pozas y cascadas
y en todos los sitios van picando:
la chistera se va llenando
y yo con nuevas hierbas  frescas
entre capa y capa las voy embalando.


Pongo una cucharilla plateada
pues el sol ya está en el río
y la que tenía puesta
en unos troncos del fondo
se me ha quedado enganchada.

De cuando en cuando pica
alguna trucha
que no da la medida:
la desengancho con gran cuidado
y la vuelvo al agua enseguida.

Con la ilusión de la pesca
hasta de comer me olvido
pero, eso sí; de vez en cuando
me tumbo en el césped
para asomarme a beber
un trago de agua fresquísima,
tan pura y clara como el aire
y como la mañana misma.

…Yo sólo aquí, en mi mundo:
esta frescura que se respira
y la abundancia de pesca…
siento el placer más profundo
según se va llenando la cesta.

Debajo de estas cascadas
y entre estos acantilados
siento un bienestar tan grande
que olvido todo cuidado…
me siento tan liberado
de los avatares de la ciudad
que quedaría aquí de buen grado
por toda la eternidad.

El sol ya se va inclinando,
la chistera ya está llena,
diez horas llevo pescando,
recogeré el aparejo
y a buscar de nuevo la senda.

Y ahora que estoy en la senda
me pongo a considerar
que hasta que llegue al coche
me quedan aún cuatro horas
y de muy buen caminar,
aunque la senda es abrupta
no queda tiempo a parar.

Al regreso encuentro un pueblo
pintoresco y pequeñito,
recortado en la ladera
y muy cerquita del pico,
perdido en estas montañas,
sin teléfono ni luz
ni en la iglesia las campanas.

Igual que al arroyo truchero
le llaman también Vereda,
porque más que un pueblo
es una solitaria aldea.
Dependen de la ganadería
que, criada en estos riscos,
es de poca talla y bravía.
Se comunican con el mundo
por un angosto sendero
con recovecos profundos.

A la salida del pueblo
encima de un acantilado
hay un pequeño recuadro:
el cementerio del pueblo,
es este un lugar sagrado.

 A nadie envidio en el mundo,
ni a los ricos ni a los pobres,
ni a los que marcan el rumbo:
envidio a los habitantes de este pueblo
que este cuadrito sagrado
cuidan con tanto esmero,
donde descansarán  para siempre
en estas altas soledades,
Aquí, cerquita del cielo.

Angel 
mayo de 1968

nota: si os apetece este paseo, visitad a FLORES

1 comentario:

  1. En Mayo del 68 no llegaba a un año yo, pero para ir a La Vereda sigue habiendo un camino, no hay carretera, el paisaje, supongo que habrá cambiado un tanto pero tampoco mucho porque, ya se sabe, Guadalajara casi no existe nada mas que para unos cuantos raritos que hemos dado en vivir por esas tierras.
    Saludos y gracias por el enlace

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